Los estudios dedicados a Jean-Paul Sartre pueden dividirse en dos


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1 REPRESENTACIÓN Y SUBJETIVIDAD (AUTO)BIOGRÁFICA EN JEAN-PAUL SARTRE Y PHILIPPE LEJEUNE Jacqueline Calderón Hinojosa Fac. Filosofía y Letras, UNAM Los estudios dedicados a Jean-Paul Sartre pueden dividirse en dos grandes tendencias: la primera y más popularizada, escinde su obra en dos momentos opuestos, por lo general, partiendo de criterios imaginariamente cronológicos. Se trata de un tipo de lectura que privilegia la etapa fenomenológica de Sartre caracterizada por la recepción de las tesis husserlianas y en donde El ser y la nada adviene el texto paradigmático por excelencia. Frente a este primer Sartre, lapso entre 1936, año de publicación de sus primeros escritos filosóficos: La imaginación y La trascendencia del ego, y 1943, año en que sale a la luz el Ensayo de ontología fenomenológica, se encuentra el presunto filósofo de la situación; el intelectual de innegable compromiso político que, por un lado, será criticado dada su enrevesada relación con los miembro del Partido Comunista Francés (PCF), y por el otro, será condenado por desmentir los crímenes perpetrados por Stalin. De franca veta marxista, este segundo Sartre es en quien recaen las críticas más incisivas. No parece casual que sea el período de mayor mistificación de su vida y obra. Frente a este tipo de estudios se posicionan aquellos que apuestan por la integridad y unidad de la obra sartreana, atendiendo incluso no sólo a su producción filosófica, sino también literaria para así apostar por una mayor comprensión. A diferencia de las lecturas de la escisión, estos estudios se preocupan por identificar un hilo conductor que dé sentido a la obra total de Sartre, siendo así como los criterios cronológicos responden a la necesidad de rastrear la génesis de ideas y conceptos centrales que dan cuenta del propósito sostenido por su autor de principio a fin. En este tenor, la recuperación de los textos póstumos de Sartre ha permitido comprender el rumbo que su propuesta filosófica adoptó a lo largo de su 83

2 vida, y en tanto eslabones inicialmente ausentes, estos textos dan cuenta de la preocupación central que sirvió como eje y sostén de toda su filosofía, a saber, la pregunta por el lugar que el otro ocupa en la conformación subjetiva. No parece exagerado afirmar que, en su obra, Sartre presenta el itinerario de todos los vericuetos a los que le condujo su preocupación por definir el ser del otro y la relación de este con la del propio ser. Sin lugar a dudas, comprender qué tipo de ser es el otro y cómo se da la relación del propio ser con el de ese otro que no es un objeto cualquiera en el mundo, sino un ser como el mío y el cual, sin embargo, no soy, es una constante en la totalidad de la obra sartreana que puede rastrearse desde sus primeros textos. Pero no será sino hasta El ser y la nada donde Sartre se avoque de lleno a esta cuestión. Una de las partes que mejor ilustra y sintetiza el problema del otro dentro de su Ensayo de ontología fenomenológica es la pequeña sección denominada psicoanálisis existencial (cuarta parte, capítulo II, primer apartado de El ser y la nada). Dicha sección representa una síntesis y explicación muy específica de su propuesta filosófica, la cual recae en el análisis de la conformación del sujeto a partir de su proyecto originario. En términos genéricos, el proyecto originario de todo ser-para-sí es devenir ser-en-sí-para-sí, esto es, devenir Dios en tanto completud y devenir simultáneos. Al dirigir su proyecto hacia este tipo de ser, el hombre se constituye como una pasión inútil, pues para Sartre, en ese entonces, es imposible que el individuo se constituya de forma paralela como en-sí y para-sí. Sin embargo, Sartre pasará del psicoanálisis existencial al estudio del individuo a través de los estudios biográficos, y gracias a escritos póstumos como Verdad y existencia y Cahiers pour une morale, este filósofo salvaguarda la cuestión del ser-en-sí-para-sí, modificando su inicial concepción y hallando una salida y posibilidad para la realización de este modo. Justo ahí se acentúa la cuestión del Otro en Sartre. A manera de preludio, adviene fundamental señalar otro tema, tan sólo en apariencia alejado de la cuestión principal que aquí nos ocupa, pero que revela el gran aporte que Sartre hizo a la literatura y a la filosofía: el tema de la representación en relación con el ejercicio de escritura autobiográfica. Para lo cual nos enfocaremos en Las palabras (Les mots) y en el análisis que sobre esta obra desarrolló Philippe Lejeune. 84

3 Nuestro recorrido teórico lejos está de la insustancialidad, en principio, porque es indispensable señalar el sitio que ocupa la representación en el proceso de constitución subjetiva, elemento cardinal en Sartre, aunque poco apreciado más allá de los estudios ultra especializados sobre este filósofo. Asimismo, este recorrido y los temas que adscribe permiten afirmar que la inauguración de la subjetividad es sólo posible a partir de un nítido ejercicio de representación. En síntesis, el sujeto nace como tal cuando es capaz de representarse. En este tenor, la lectura de Las palabras hecha por Lejeune invita no sólo a trabajar el tema de la representación desde un punto poco atendido desde la filosofía, sino que además facilita la comprensión del proyecto filosófico de Sartre sobre la investigación del individuo, aspecto poco advertido, en especial cuando se ignora su producción literaria y se olvida que en Sartre no puede haber filosofía sin literatura ni viceversa. El modo de proceder será el siguiente: en principio expondremos lo dicho por Philippe Lejeune sobre la idea de pacto autobiográfico, la relevancia que este concepto cobra para los estudios autobiográficos y cómo se relaciona con la idea de representación. Posteriormente abordaremos el estudio elaborado por Lejeune sobre la autobiografía de Jean-Paul Sartre, esto con miras a acentuar la continuidad de la obra sartreana y de cómo estos estudios biográficos poco abordados, pero cuya relevancia a propósito de la autobiografía, se evidencia y permiten una lectura y recuperación del de Sartre más íntegra. Finalmente será momento de las conclusiones donde quisiéramos enfatizar la importancia de concatenar un estudio como el que elabora Lejeune con el proyecto filosófico realizado por Sartre. EL PACTO AUTOBIOGRÁFICO: UN DOBLE COMPROMISO DEL AUTOR De acuerdo con Lejeune (1994), la palabra autobiografía es de uso relativamente reciente, su empleo se ubica por primera vez en Inglaterra a 85

4 principios el siglo XIX. Es importante no perder de vista la esencia de este género literario, pues, aunque para los poco versados la autobiografía es sinónimo de otro tipo de producciones literarias tales como los diarios, memorias, confesiones, e incluso novelas autobiográficas, existe una serie de condiciones que necesariamente se deben cumplir en un relato de esta índole para merecer limpiamente el nombre de autobiografía. De todas las condiciones que Lejeune identifica, la fundamental será la de atender y cumplir con el pacto autobiográfico. Este pacto, nos dice Lejeune (1994), atañe a una forma de contrato entre autor y lector en el que el autobiógrafo se compromete explícitamente no a una exactitud histórica imposible, sino al esfuerzo sincero por vérselas con su vida y por entenderla (p. 12). En consecuencia, sólo el autobiógrafo está autorizado para aducir su obra como un texto autobiográfico. Por otro lado, si todo pacto implica la participación por lo menos de dos partes que buscan un acuerdo y un beneficio, tendría que reconocerse el carácter intencional en la narración autobiográfica. Es decir, el autor escribe asumiendo de antemano que sus palabras serán leídas por otro individuo, aquel con quien ha decidido inaugurar y establecer un pacto. A través de lo escrito puede apreciarse, no sólo cómo el sujeto (el autor) intenta mostrar el modo en que ha construido su realidad, sino además cómo ha decidido representar(se)la, puesto que toda narración implica un ejercicio de representación, un poner en escena (revivir) a partir de la palabra. En la escritura autobiográfica el autor debe ser perfectamente consciente del despliegue que de sí mismo elabora a partir de su narración, y es que justamente esto es lo más enriquecedor de cualquier autobiografía. No se trata de contrastar lo que el autor dice haber vivido con lo que de hecho sucedió; la autobiografía no busca relatos veraces en el sentido de verdades últimas y comprobables. Como apunta Françoise Dolto (2004), todos tenemos y podemos remitir dentro de nuestra historia a múltiples acontecimientos particulares, pero lo realmente importante de éstos es la manera como el sujeto que los vivió reaccionó frente a ellos. Ahí es donde el pacto se da, es el momento en que el autor se compromete a decir todo lo que para él fue determinante en su constitución como sujeto. Si bien es cierto que Dolto no está pensando en la labor autobiográfica 86

5 en un sentido literario, no podemos negar que el trabajo analítico como el que ella realizó va íntimamente ligado a la escritura autobiográfica que Lejeune aborda. Por lo anterior, Jean-Paul Sartre es un autor que rompe con la tradición autobiográfica que le precedía y que cuenta con un modo novedoso de escritura. Sartre le permite a Lejeune (1994) pensar en este tipo de narración a modo de la historia de una personalidad (p. 18) o bien la génesis de la personalidad (p. 51). La manera en que Sartre representa esta historia es lo verdaderamente atractivo, ya que, tal como señala en El orden del relato en «Les mots» de Sartre: bosqueja un breve balance de la manera en que se sitúa actualmente con relación a esta infancia (Lejeune, 1994: 200). Profundizando un poco más en lo que significa para Lejeune (1994: 128) el pacto autobiográfico, podemos entender el porqué de su interés en Sartre. En El pacto autobiográfico de 1986 escribe: En efecto, elegí la palabra autobiografía para designar ampliamente cualquier texto regido por un pacto autobiográfico, donde un autor propone al lector un discurso sobre sí mismo, pero también una realización particular de ese discurso, aquella en la que encuentra la respuesta a la cuestión de quién soy? a través de un relato que dice cómo he llegado a serlo. Pese a que las preguntas quién soy? y cómo he llegado a serlo? pueden planteársele a cualquiera, quien escribe su autobiografía es, al menos la más de las veces, una persona que ya cuenta con una producción literaria que le precede. Se trata de alguien que escribe, publica y mantiene cierto grado de reconocimiento por parte de otros (Lejeune, 1994). En ese tenor, la escritura autobiográfica asienta la identidad del autor, identidad que ha sido construida gracias a lo que él mismo ha manifestado en otras obras frente a su lector. Aquí el tema de la identidad entre quien dice ser el autor y el personaje principal que figura en el relato autobiográfico irá estrechamente ligado al 87

6 tema de la sinceridad. Es decir, el autor se define simultáneamente como una persona real socialmente responsable y el productor de un discurso (Lejeune, 1994: 61). El autor será quien se comprometa a dejar bien en claro que las acciones que relata corresponden a su propia historia. Ni las acciones corresponderán a alguien más, ni se atribuirá el autor a sí mismo acciones que jamás ejecutó. El escritor actúa bajo la fórmula: Yo juro decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad (Lejeune, 1994: 76). Para Paul John Eakin, Lejeune no disimula su filiación con algunas nociones psicoanalíticas (Lejeune, 1994). En efecto, se aprecian sesgos psicoanalíticos, preponderantemente lacanianos. Así, hay un planteamiento fundamental que este autor enuncia: El juramento raramente toma forma tan abrupta y total: es una prueba suplementaria de la honestidad el restringirla a lo posible (la verdad tal como se me aparece, en la medida en que la puedo conocer, etc., dejando margen para los inevitables olvidos, errores, deformaciones involuntarias, etc.) (Lejeune, 1994: 76). Pese al interés de verificar lo escrito por el autobiógrafo, es decir, contrastar su narración con datos externos obtenidos mediante otros medios, tal como se mencionó líneas atrás, esa verificación no es primordial para validar lo dicho por el autor. El interés sobre esta narración radica en la historia de la personalidad y, por ende, este interés estriba en que el autobiógrafo cuente al lector aquellas cosas que sólo él puede decir. La veracidad del relato queda totalmente relegada y el interés se centra en la representación que el escritor se ha hecho de la realidad, cómo se configura ésta para él, y no cómo de hecho es. Finalmente, si el lector se diera a la tarea de investigar diversas fuentes con el propósito de objetivar el relato y creerle al autor incondicionalmente, entonces sus acciones se reducirían a un mero trabajo de recolección de datos en pos de una reconstrucción histórica. Se buscaría neciamente la objetividad en un relato cuya intención de fondo es manifestar la subjetividad. En breve, el interés volcado en conocer la relación que 88

7 el autor mantiene con su pasado desde el presente en que escribe, o de conocer la génesis de su personalidad, quedaría minado. Poner en duda la palabra escrita del autor es ignorar un ejercicio de representación, y no se estaría dando el peso necesario a lo que el autobiógrafo plantea como esencial para hacer partícipe al lector de su despliegue personal. Confiar en lo que el autor escribe no significa que su narración sea una calca exacta de la realidad, y aunque así lo fuese, eso no lo haría más relevante. Por el contrario, tener acceso a la historia que él cree que nos ayudará a comprender el proceso de su constitución subjetiva, sería en todo caso lo invaluable de la autobiografía. Resulta pertinente recuperar lo que Laplanche y Pontalis (2004) definen como representación en el ámbito psicoanalítico: Término para designar lo que uno se representa, lo que forma el contenido concreto de un acto de pensamiento y especialmente la reproducción de una percepción anterior (p. 367). Se trata de buscar qué es lo que el autor puede decirnos sobre sí mismo, y en este aspecto, Jean-Paul Sartre responde muy bien a las inquietudes de Lejeune. LAS PALABRAS DE SARTRE Hemos decidido abordar brevemente el análisis elaborado por Lejeune sobre Las palabras de Sartre por dos motivos. El primero tiene que ver con Lejeune y toda su investigación sobre el trabajo autobiográfico. Consideramos que para Lejeune, la autobiografía de este filósofo es una obra ejemplar para abordar el tema de la identidad y la representación. Es cierto que el objetivo principal de su investigación sobre Las palabras es el orden del relato, si bien este tema no será lo que a continuación desarrollaremos, sí procuraremos identificar lo dicho por Lejeune en el texto El orden del relato en «Les mots» de Sartre sobre identidad y representación. El segundo motivo refiere al propio Sartre, pues encontramos en Philippe Lejeune un apoyo invaluable para comprender el modo de proceder del filósofo francés al momento de escribir tanto su autobiografía como la biografía de otros. Lejeune rescata del olvido el proyecto sartreano de la investigación del individuo ; proyecto que permanece a la sombra debido 89

8 muchas veces a la limitada lectura que se hace de Sartre. Paradójicamente, esta investigación del individuo es un proyecto poco abordado en comparación con otros temas de la filosofía sartreana, aun cuando ha atravesado toda su producción filosófica y literaria, desde El ser y la nada, pasando por la Crítica de la razón dialéctica, hasta su culminación en El idiota de la familia. En Las palabras, el lector se encuentra ante un relato que aparenta seguir un orden cronológico y lógico de los acontecimientos. Da inicio con un poco de historia sobre los padres del autor: quiénes eran, de dónde venían, cómo se conocieron; posteriormente habla Sartre de su nacimiento, sus primeros años, hasta llegar a la edad de once años. La obra se divide en dos partes: Leer y Escribir, en ese orden. Una lectura superficial del texto haría entender el relato como la historia de los primeros años de un individuo. Pero si se sigue a Lejeune (1994), lo que en realidad está en juego es la proyección retrospectiva del análisis que el adulto hizo más tarde de su neurosis (p. 203). Por otro lado, es interesante la comparación que se presenta en El orden del relato entre el modo autobiográfico de Sartre y el de las autobiografías religiosas de conversión donde el nuevo convertido examina sus errores pasados a la luz de las verdades que ha conquistado (Lejeune, 1994: 204). Todo indica que para ser convertido debe creerse que, ahora que las adversidades han sido superadas, existe un advenimiento a la verdad. Es decir, que ya no hay nada más digno de contarse; pues el relato sólo cobra sentido porque se dirige desde el inicio al punto cumbre que es el momento de conversión. Lo que venga después de ese momento está de más. Este modo de entender Las palabras es en sumo atinado, ya que, en efecto, Sartre declara su nulo interés por escribir la continuación de su autobiografía. La cuestión ahora es: cuándo se da la conversión? Tanto las autobiografías religiosas como la de Sartre coinciden en este punto: la conversión viene a través de la toma de consciencia. Este acontecimiento obliga al converso a reconocer su pasado como una falsa existencia y, por lo tanto, admitir que en algún momento clave de esta falsedad fue presa de la revelación, una epifanía lo recondujo y reintegró al camino de la 90

9 verdad; se trata de un momento, una situación particular que iluminó al sujeto y le develó la inautenticidad de su existencia. Entonces, para hablar de la toma de consciencia es inevitable hablar del trabajo de representación y la reconstrucción mnémica que ésta implica. Partiendo de lo anterior, Lejeune considera que en vez de dividir la autobiografía en Leer/Escribir: Podríamos imaginar mejor el libro dividido en tres partes: La situación inicial en la cual el niño hace frente a la situación; el análisis de la forma en que hace frente a esta situación, elaborando progresivamente su proyecto; y la nueva situación interior resultante de ello, la fijación de la neurosis (1994: 205). Existe una reelaboración de lo vivido y en ese sentido, Sartre posibilita conocer cómo, en tanto sujeto, se representa la realidad. Lo anterior explica por qué no podría exigirse del autor una impecable calca de lo vivido. Eso no nos importa a nosotros como lectores, existen otros medios por los cuales podemos acceder a ese tipo de datos; lo que a los lectores nos debe importar al leer una autobiografía es que el autor nos comunique e involucre en aquello que sólo él puede decirnos. Aquello que sólo de él podemos obtener y sólo él conoce, a saber, su representación de la realidad. Ejercicio de construcción subjetiva del que jamás podríamos tener cuenta a través de otros medios. Así, se explicita el estrecho vínculo entre autobiografía y representación. Es quizás el grado de consciencia por parte del autor para realizar la labor representativa lo que distingue desde un inicio este tipo de narraciones de cualquier otro tipo de producción literaria, pues implica un proceso de autocognición que ya ha atravesado al sujeto y que el sujeto, además, se reconoce en esa estructura psíquica que le permite poner en palabras su historia. El gran mérito de Lejeune y Sartre es el haber entendido que la autobiografía implica un proceso a nivel psicológico que busca mostrar al lector cómo el autor ha llegado a hacerse sujeto. Es innegable la riqueza de la elaboración autobiográfica en lo que respecta a los modos de representación. Esta forma narrativa en particular 91

10 permite jugar con la secuencia de estructuración-representación: el sujeto se estructura a través de la representación? O bien porque ya está estructurado como tal es que puede recurrir a su representación? La pregunta tiene una apariencia ciertamente ociosa y, sin embargo, partir del tema de la autobiografía fue lo más atinado, ya que según leemos en Lejeune hay un doble movimiento. Por un lado, el ejercicio que elabora el autor para saber qué quiere contar y, por otro lado, definir el cómo contarlo. Esto permitirá al autor marcar la forma en que, según su criterio, debe realizarse la lectura de su vida: la historia de la autobiografía sería entonces, más que nada, la de sus modos de lectura (Lejeune, 1994: 87). Nosotros diríamos, respondiendo a la pregunta sobre si la constitución del individuo se presenta antes o después del ejercicio de representación, que el llegar al punto en que se logra realizar la representación significa ya la adopción de consciencia y como tal de constitución subjetiva. No es que un momento llegue antes que otro, aparecen a la par. Lograr la representación implica la toma de conciencia, un identificar momentos claves en el pasado; situación realizable sólo en virtud de una reconstrucción mnémica. Se requiere también de un tiempo de recogimiento, de vuelta al interior para desde ahí reelaborar, resignificar y poder poner así en escena, ya que no debe olvidarse que toda representación es simulación. En efecto, si la escritura de una autobiografía es una puesta en papel a través de la palabra y ese es el momento de representación del sujeto, lo que éste realiza ahí es una simulación, revive a través de la palabra. No es que Sartre vuelva a su infancia y sea otra vez un pequeño de cabellos largos que va al cine con su madre. A través de su palabra, él representa aquellas vivencias, las plasma para que el lector intente verlas, pero nada más puede lograrse a través de esta reconstrucción. Los estudios realizados por Philippe Lejeune sobre Las palabras en particular, y la autobiografía en general, arrojan luz sobre el trabajo filosófico de Sartre, pues trata el tema de la escritura autobiográfica y cómo ésta presenta al lector la génesis y constitución de una personalidad, de un individuo. 92

11 Debemos agregar que Sartre se propone seguir esos mismos planteamientos en las diversas biografías que escribió. Desde la biografía de Baudelaire en 1964 hasta El idiota de la familia, biografía inconclusa sobre Gustav Flaubert, su objetivo fue siempre detectar qué había de particular en cada uno de estos personajes. Esta preocupación se resumía en lo que él mismo menciona sobre Flaubert cuando dice que Flaubert era un pequeño burgués, pero no todo pequeño burgués es Flaubert (Sartre, 1999). Qué hay de único en este personaje? Sólo podría averiguarse haciendo una reconstrucción de su personalidad. Pero, acaso esto no sería más bien, no la representación de Flaubert sino la representación que Sartre se hace de Flaubert? Es decir, el Flaubert de Sartre. Finalmente, no es eso lo que distingue al trabajo autobiográfico de la biografía? La idea misma de que en la autobiografía el autor se representa a sí mismo y en la biografía busca representar a otro. En todo caso, eso sería, como menciona bien Lejeune, otro modo de representarse, a través de su obra escrita sin fines autobiográficos. Un escrito biográfico sobre otro sujeto estaría al mismo nivel que una novela, un cuento, un poema o cualquier otro texto que no acordara el pacto autobiográfico. Se aprecia en el ejercicio autobiográfico algo de carácter intencional en cuanto a dejarse conocer de la forma más fiel posible. A diferencia de una novela, un cuento, un poema o incluso una novela autobiográfica en donde el lector escudriña y trata de dar coherencia biográfica a los elementos que el autor pone a su disposición, en la autobiografía el autor pacta la honestidad de su relato. El autobiógrafo hace saber al lector desde el principio que su escritura es lo más transparente posible y que el ejercicio de representación se encuentra latente todo el tiempo. Le hace saber que la decisión de representarse ha sido consciente y que su propósito es permitir al lector adentrarse en la historia de su personalidad. REFERENCIAS Dolto, F. (2015). El caso Dominique. México: Siglo XXI. Laplanche, J. y Pontalis, J.-B. (2004). Diccionario de psicoanálisis. Argentina: Paidós. Lejeune, Ph. (1994). El pacto autobiográfico y otros estudios. Madrid: Megazul-Endymion. Sartre, J.-P. (1975). El idiota de la familia. Buenos Aires: Tiempo Contemporáneo. Sartre, J.-P. (2005). Las palabras. Buenos Aires: Losada. 93

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